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Terra
La Coctelera

WC

No pretendo resultar soez ni causar una mala imagen de mi persona, pero quiero contar una escena que viví la semana pasada en mi retrete. Prometo no entrar en detalles.

El viernes, mis compañeros de piso y yo estábamos esperando una visita importante que venía a comer con nosotros. Para que el piso no pareciera un campo de minas hicimos la rápida pero eficaz oleada de limpieza por toda la casa. Mientras mis compañeros de piso higienizaban el salón y la cocina yo me encargué de limpiar los baños –siempre me engañan–, que es lo que menos me gusta hacer. Recordé que dos días antes había comprado en el supermercado unas toallitas que prometían ser mágicas para la limpieza del retrete y ese viernes me dispuse a estrenarlas. Seguí las instrucciones del dibujo del envoltorio: cogí la toallita, la pasé por encima del retrete, la tiré al inodoro, y tiré de la cadena. Perfecto, el retrete brillaba como nuevo. Después me puse a limpiar los espejos, el lavabo, la bañera y demás rincones del servicio a una velocidad de vértigo. Vamos, que en una hora ya habíamos tuneado la casa, incluso parecía habitable.

Faltaba media hora para que llegara nuestro invitado y me puse a hacer tiempo tumbado en mi cama. Dejé la mente en blanco y puse el Víctor automático. Estaba en mi momento sedentario y tan sólo escuchaba los pasos de mis compañeros de piso. Uno de ellos se dispuso a estrenar el retrete después de mi concienzuda limpieza. Descargó, tiró de la cadena y… ¡joder, tsunami! Agua a borbotones saliendo del váter. “¿Qué ha pasado?”, dijo otro de mis compañeros del piso. Se había atascado el retrete y no tragaba el agua. Nadie culpó al último que utilizó el servicio, todos me apuntaban con el dedo y acusaban a mis toallitas mágicas. Decidimos cerrar la puerta de ese baño y que nuestro invitado utilizara el otro. La velada fue agradable.

Al día siguiente decidimos llamar a un fontanero porque aquello no tragaba ni con CocaCola –que es bien sabido que esta bebida desatasca todo–. Desempolvamos las Páginas Amarillas y buscamos por la “f” de fontaneros. Llamamos. Parecía que todo estaba arreglado, nos dijeron que nos lo mandarían en breves. Pasaron unas cuantas horas y llamaron a la puerta, era nuestro salvador. Le abrimos y le indicamos donde estaba el problema. El fontanero era un tío fuerte y grande que llevaba una caja con lo que supuse que eran herramientas especiales para desatascar inodoros. Miró al retrete, se rascó el mentón y me dijo: “Tira de la cadena”. Yo le advertí que aquello se iba a desbordar. “Tira de la cadena”, repitió. Pues nada, a tirar: no suelo contradecir dos veces a la gente que me saca tres o más cabezas. Tiré de la cadena y otra vez inundación. “Trae la fregona”, me dijo el fontanero. Mientras iba a por ella pensaba: ¡Qué cabrón, ahora me va a hacer fregar! Pues me equivocaba. El fontanero cogió la fregona, la metió dentro del retrete y empezó a empujar. “Tira de la cadena ahora”, me volvió a decir. Orden y mando. ¡Funciona!, ¡ya traga! “Bueno pues aquí te dejo la factura y me voy, la pagáis en la oficina central”. Lo despedí con cara de satisfacción. Cara que me cambió cuando me dio por mirar la factura que nos dejó nuestro amigo. ¡116 Euros por meter la condenada fregona en el WC! Se ha confundido, pensé. Pero no. Me sentí engañado. Si por meter una fregona en el retrete nos cobró más de cien Euros, ¿qué cobrará por cambiar una tubería o por arreglar alguna fuga imposible? Bueno, una cosa me quedó clara: no vuelvo a llamar a un fontanero. ¡Ah!, y la fregona ya no está en el armario empotrado de la limpieza, ahora la tenemos en el baño, junto a la escobilla.

Daños colaterales

Tengo un problema: el tabaco me está haciendo más daño que nunca. Desde que entró en vigor la Ley Antitabaco parece que el mayor delito que se puede cometer en estos días es encenderse un cigarrillo. Pero esto no lo digo porque me afecte directamente, es más, no he probado un cigarrillo en la vida.

Antes me reventaba que fumaran mis amigos, mis padres, mis compañeros de clase… incluso odiaba la profesión de mi abuelo: estanquero. “¿Tienes un abuelo estanquero y no fumas?”, me decían mis amigos, “¡tú eres gilipollas!”. “Un gilipollas sano, no como tú”, les respondía yo. Dedicaba tiempo y esfuerzo para que los demás dejaran de fumar haciendo apuestas tontas para ver cuánto aguantaban sin el tabaco –apuestas que siempre ganaba yo, por supuesto– y leyéndoles cosas curiosas del periódico: “Mira lo que dice este artículo: ‘El tabaco puede producir infarto de miocardio, aumento del colesterol, arritmia cardíaca, hipertensión arterial, y taquicardias múltiples’”. ¡Sin acritud, eh! Siempre mirando por su bien, por el de sus pulmones y por el de los míos, claro. Yo no tenía porque tragarme el humo de sus cigarrillos. Antes deseaba que los gobernantes tomaran medidas tajantes y dictasen terribles reprimendas contra los adictos al tabaco. Antes deseaba que se extinguieran del planeta todos los fumadores y que me dejaran respirar el aire puro llegado de los bosques. Y entonces salió la Ley Antitabaco: “¡Aleluya!”, pensé, “¡Se acabaron los malos humos en mi vida!”. Pero no. Me estaba equivocando. No se acabaron, al revés: se incrementaron. Ahora los fumadores tienen que salir a la calle para echarse su cigarrito o esconderse en alguna parte de los edificios para que nadie los vea. Los edificios de España se han convertido en auténticos institutos para adolescentes: la vuelta al cole, pero esta vez sin El Corte Inglés. Ahora los repudiados deben fumar a escondidas y aun así yo sigo tragando el mismo humo. Como todos los fumadores han tenido pasado recuerdan que un buen sitio para fumar sin ser descubiertos es el baño –lugar que visito de vez en cuando, según los días–. Pues bien, ahora le ha dado a la gente por meterse al baño a fumar. Y créanme, aspirar el humo en un recinto cerrado es un auténtica tortura.

Antes, cuando estaba con mis amigos, ellos fumaban y mientras conversábamos yo tragaba su humo, cosa que me irritaba bastante. Ahora cuando estoy con mis colegas ellos fuman mientras conversamos, yo trago el humo y además paso frío por estar en la calle, cosa que me irrita aún más. No es justo. Antes no pasaba frío. Si al menos la ley hubiera salido en verano… En fin, antes luchaba por acabar con el humo y ahora lucho por acabar con el frío, con los baños ahumados, con el tabaco en general y todo ello para intentar que no acaben conmigo.

No nos importa el color, nos gusta el fútbol

“¡Seguro que gana el Zaragoza!”, le dije a mi novia antes de que empezara el partido. “Poca fe, ¡no tiene ninguna posibilidad contra el Barça!”, me respondió. ¡Qué le voy a hacer si mi novia es culé! “Bueno, ganará quien tenga que ganar pero recuerda que estamos en la Romareda y como te salga la vena barcelonista y te pongas a cantar el ‘tot el camp’ nos van a mirar raro”, le recordé. No me hizo caso y toda la grada se pensó que éramos una pareja de forofos del Barcelona: ella por aplaudir, gritar y celebrar los goles del Barça y yo por agarrarla intentado refrenar sus impulsos que alentaban a su equipo. No podía soltarla, he de reconocer que tengo bastante respeto a la gente que vive el fútbol intensamente. “Tú sobre todo si oyes algún insulto hacia los jugadores del Barcelona no contestes, a ver si vamos a tener que salir por patas”, le recordaba de vez en cuando. Ya sé que soy un poco cobarde pero es que no dejaba de mirar a mi alrededor y ver a hinchas del Zaragoza de todas las edades, sexos y tamaños –me preocupaba principalmente esto último–.

El partido estaba siendo un mayúsculo muermo –y no soy el único que piensa así–. Es más, se debieron de aburrir hasta los jugadores. Y ya se sabe, cuando el público no se entretiene viendo a su equipo marcando goles tiene que encontrar alguna alternativa. No tuvimos que esperar mucho tiempo para escuchar los primeros insultos dirigidos a algún jugador blaugrana: “¡Eto’o negro de mierda, estarías mejor en tu país!”. Esta perla verbal salió de la boca de un joven con el pelo engominado y de punta, vestido de chándal y bastante bien rodeado por sus colegas de grada –que reían y aplaudían su elocuencia y su originalidad a la hora de discriminar a los jugadores del otro equipo–. Mi novia, mientras tanto, gruñía y, como en el anuncio, sufría en silencio. El partido seguía aburrido y nuestro amigo de chándal continuó su retahíla: “¡Ronaldinho, piñudo, qué feo que eres, y lo peor de todo es que también eres negro!”. Sus amigos, mientras tanto, le reían los comentarios como hienas. Deduje que era el miembro del grupo con un mayor cociente intelectual, todo un erudito, vamos. “Bea, guapa”, le decía a mi novia, “no les hagas caso”. Mi novia apretaba fuertemente sus puños de la rabia que tenía mientras se mordía la lengua. “¡Pero no ve que vosotros también tenéis jugadores negros!”, me decía al oído. “Ya se dará cuenta, Bea, que no debe de tener muchas luces, tú por si acaso no le digas nada”, le respondí yo.

A los pocos minutos Eto’o fue a sacar un corner en la parte del estadio más alejada de nuestra grada y entonces escuchó que le insultaban. La situación le sobrepasó y quiso marcharse. Me sentí mal por haber tenido que esconder mi opinión durante todo el partido sobre aquellas personas que faltan al respeto a los jugadores en el terreno de juego. Me sentí mal, también, por ver como el propio jugador del Barça quiso esconder la cabeza, pero esa sensación de impotencia desapareció cuando mi novia me dijo: “¡Mira ese cartel, Víctor!”. Miré hacia donde estaba señalando. En una esquinita de la Romareda unas cuantas personas sostenían una pancarta: “no nos importa el color, nos gusta el fútbol”. Me entraron ganas de ir hacia su grada y ayudarles a sostener ese cartel.